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Archive for 29 diciembre 2008

Espíritu navideño

Ausente. No le queda otra.

Estos días he estado trabajando en una de mis pasiones: la fotografía. He estado frente a imágenes muy duras dada la temática del apartado que tenía que tratar para la facultad: La fotografía de guerra, concretamente la Guerra de Vietnam.
A lo largo de estos días he descubierto varias cosas sobre mi misma. En primer lugar, que si me sumerjo en algo que me gusta dejan de existir las horas, y en un segundo a pasado un día completo. Además, me he dado cuenta de lo poquito que sé de historia y lo mucho que quiero saber. En tercer lugar, me he dado cuenta de lo compleja que es mi sensibilidad, es decir, de como soy capaz de enfrentarme durante horas a imágenes trilladas que de tan vistas pierden su impacto, a fingir que no estoy llorando por ver algo que realmente me ha tocado.

Es entonces cuando me hago la misma pregunta de siempre: ¿Hasta qué punto estoy acustumbrada a la imagen? Veo las noticias a diario y finjo que no pasa nada, aunque odio ver como a una niña Afgana le queman la cara por querer estudiar. Y sin embargo, sólo tengo ideas sueltas del por qué de estas atrocidades. Suena a genocidio en el congo y , si no es por Hotel Ruanda, no sabría nada del conflicto. Y luego me planteo dónde están las imágenes que no se muestran por las connotaciones que traerían con ellas.  Dónde está el límite entre lo morboso y la información real.

He leido sobre la moral que se debe seguir ante distintos casos, y sin embargo apenas puedo plantearme que pasaría si yo fuera la encargada de retratar un asesinato. ¿Qué haría?  ¿Apretaría el disparador, huiría aterrorizada o intentaría salvar la vida del que segundos después no será más que un cuerpo inerte? Supongo que en esa situación primaría el interés por mostrar al mundo qué es lo que realmente pasa, a un mundo que pasa las páginas del periodico como si nada porque no conocen la historia, porque no quieren ver de verdad las muertes en el televisor.

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La ceguera

Imagen de Paul Strand

Imagen de Paul Strand

Luna se preguntaba por qué tenía ojos. Por mucho que se esforzara en abrirlos, la perpetua oscuridad de su mundo no variaba. No sabía cómo era ella ni cómo eran sus amigos. No sabía cómo era el presidente de la república española ni conocía las caras de los actores de moda. Como ella, la gran mayoría de la población mundial había perdido la vista. Tan sólo grupos reducidos podían presumir de saber qué eran los colores, ya que la epidemia no había llegado hasta ellos. Ni siquiera en los sueños podía imaginar algo más allá de tinieblas, porque la luz jamás había acariciado su pupila.

Su abuelo le había contado que, cuando él era muy muy pequeño, todo el mundo veía. Le contó la historia como un cuento de final feliz, pero a ella le parecía que era el más triste de todos los cuentos que jamás había escuchado. En el principio, todo el mundo podía mirar a su alrededor, pero no siempre les gustaba lo que veía. Así, los señores mayores que dirigían la política, dejaron de mirar a su alrededor, por lo que los periódicos contaban nada más que lo que los señores mayores les dictaban. La gente de la calle decidió que ellos tampoco querían ver más allá, y decidieron cerrar los ojos un poquito. Luego los señores mayores decidieron que la gente de la calle no debía ver nada porque eso les hacía pensar, y eso provocaba  perdidas de dinero. La gente de la calle cerró un poquito más los ojos. Todos parecían chinitos, y a nadie le importaba lo que no podían ver porque no sabían si era verdad. Se acabaron las guerras y las enfermedades, los problemas de economía y el hambre. Pero la gente de la calle seguía viendo sus propios problemas, así que todos decidieron cerrar los ojos a la vez, y el mundo se quedó ciego.

¿No es triste?

Yo creo que en realidad estamos viviendo la Tercera Guerra Mundial, pero nadie quiere verlo.

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